lunes, 16 de mayo de 2016
FIB
Nada de lo que diga o lo que haga puede apagarme las ansias de volver a ganar tu piel. Lejos de ser la mejor, es la única que tengo ahora. Y para mi, tener una piel
es importante. Aprendemos el mundo por los sentidos, y lejos de caer en garrafales errores epistémico-hegemónicos que separan el cuerpo de las ideas, soy de los que
piensan que al mundo se lo cooce siempre por los sentidos. Por eso las pieles se buscan y se reconocen.
Sos la única piel que tengo por ahora. De ahi tu súbita importancia. De no ser esta una ciudad nueva en mi prontuario, tu trascendencia se borraría y calificaría
de mero echo anecdótico. La coyuntura favorece a tu postergación.
domingo, 24 de abril de 2016
pdp: Babilonia
Salvador é uma babilonia, meu bem, afirmó mientras prendia un cigarrillo y tomaba agua de coco. La melena la llevaba enmaranhada e iba descalzo. Hablaba por celular con uno de sus amigos y se quejaba de la cantidad de gente clase media que fue a ver el JAM de Jazz en el Museo de Arte Moderno. Saca otro cigarrillo de tabaco, armado con papel de arroz (pensé que era un cigarro de marihuana). Me ofrece una pitada. Lo fumo y me desilusiono. Me cuenta que vivió en Paris, otra Babilonia pero universal. Según dice, Salvador es muy localista. Estando dentro, sólo se respira Salvador. Es como estar en un lugar demasiado particular y específico, donde el resto del mundo desaparece. Yo le creo.
La Babilonia de pasillos oscuros y gente colorida me ha hablado en diversas lenguas, a veces hasta sin palabras. He cambiado mi lengua materna e intercambiado lenguas con otros extranjeros. He transado con los locales de la ciudad, he sido vacunada al llegar (literal y poéticamente). He sistematizado los códigos del cortejo soteropolitano. Me queme la piel, me caí de la ladeira. Transformé mi cuerpo, esperando por inercia la transformación de mis ideas. Tambien sufrí en la Babilonia. Sufrí porque nadie me conocía en ella. Y el dolor del anonimato era similar al producido cuando abrís los ojos en el mar.
Nadie me amó en la Babilonia de eternos atardeceres. Sus dioses me advirtieron desde el vuelo de salida que no era bienvenida para morar aquí. Y como a mí no me bastaba con cagarme en la gente, me cagué en los dioses de una tierra terriblemente hostil, lascivamente violenta, sexualmente hermosa e infernal. .
El placer de este punto del trópico tiene algo de sadomaso, pienso horas después de salir del Museo, mientras enfrento mi cuerpo al de un golosal gladiador, nacido y malcriado en esta ciudad.
miércoles, 6 de abril de 2016
pdp:Pictionary
¿Cuál es la altura de la torre de Babel?, pregunta inquieto
a su amante rubia el hombre moreno, mientras su cabeza descansa en el pecho de la
mujer. Ella no sabe ¿Cuál es el límite de los decimales del pi?, cuestiona
mientras extiende sus anchas espaldas, el hombre moreno a su amante también
morena. Ella no responde. ¿Cuál es la estrella más cercana a la tierra después
del sol?, interroga el hombre moreno de anchas espaldas y ojos apretados a su
amante pelirroja, que está desnuda y boca para abajo en la cama? Ella duerme y
ni le escucha. ¿Cuál es el primer libro del Pentateuco? Balbucea el hombre de
labios gruesos, anchas espaldas, piel morena y ojos apretados; a la adolescente
pálida de mirada perdida
¿Es finito o infinito el número de tus amantes? Le pregunto
yo desde el umbral de una habitación calurosa y nordestina.
pdp: globalización
Me clavo tus ojos a la espalda, esperando que despegues tu boca incrustada en los vacíos de la piel de la ultima chica que dejó sus uñas olvidadas en las costas de algún remoto encuentro libanés. Sé por ende que tu aliento es de desierto, que las orejas de ella escuchan polka jahe´o y que mis manos amarran algún relato nórdico por lo bajo. La globalización de los cuerpos, que le dicen.
pdp: Más de lo mismo
Amábamos
A los mismos animales
Lengueteábamos
Las mismas sobras
Cortíamos
Los mismos atardeceres
Y nos suicidábamos
Con las mismas herramientas del tedio
Las intersecciones eran predecibles
Tan obvias que llegaban a lo absurdo
Mientras la incertidumbre del final
Rayaba el espanto
viernes, 19 de febrero de 2016
pdp> Mudanza
Mudarse es callar
ciertas voces
de los encantadores de víboras
Dilatar termómetros
medir realidades
Pegarse con el látigo
de las sentendecias pasadas
Y perder la conciencia
en cada golpe
Mudarse es llegar
a una ciudad sin lágrimás
cortar agujeros en maletas vacías
Lavarse del cuerpo
la saliva ajena
Cocer la mentira
de tu ex vecino
y construir la salvación
en cada centímetro de distancia
Mudarse desintegra átomos
residuos muertos
de cuerpos morantes
viernes, 6 de noviembre de 2015
Un lugar con menos galerías
Si tuviera que salvar a alguien de esta sala, lo lógico y lo
pronto sería salvarme. Pero de alguna manera, mi elección siempre está en el
otro. Pero no es una cuestión de altruimo, sino de ego. Salvar el cuerpo ajeno
de las heridas es la forma más contundente de dejar una marca. Recordamos bien
al que daña, pero más aún, al que salva. Es por ello también que el acto de
amar de los humanos tiene esta doble resonancia, la de salvar y la de dejar
huellas firmes.
La contundencia de una huella no es como la de los cráteres.
Persiste cierta duda en sus formas, cierto material efímero que se desliza con
el viento. Aun así las huellas tienen una extraña forma de perpetuarse.
Qué es lo obvio en las situaciones de redención? Qué alguien
salve y el otro sea salvado? Pero si la redención a la cual estoy destinada es,
finalmente un espejo, metáfora gastada que representa la importancia de
mirarnos a nosotros mismos, ¿Qué hacemos? ¿cómo uno se salva?
Lo curioso es que esta carrera de la redención me llevó
hasta un laberinto con varios toros con cara de hombre.bestias de todo andar.
Estrellé mi cara, mi cuerpo y mis palabras, en un intento maratónico por la
supervivencia contra estos centauros. Estrellé el paño de mis ilusiones y
enojos contra sus pezuñas o el alito desenfrenado de mis gritos contra su sexo
equino. Temblé de emoción y de júbilo cuando cada pelea me demostraba que las
bestías tenían algo similar a mi. En mis sueños, yo acababa conviertiéndome en
una bestia más.
A veces las deseaba y otras, las aborrecía. Las bestias, a
veces me deseaban a mi también. Pero el deseo en los laberintos es cosa
complicada. No se sale nunca de los parajes construidos para confundir, de las
arquitecturas entramadas para dar vuelta sobre nosotros mismos.
Así que miro este espejo y me pregunto como será mi
redentor. Imagino que es lo que deseo, una de esas bestias con cara de hombre y
formas equinas. Pero la redención tiene algo que ver con las cosas que se
resuelven, con las cosas que, precisamente, nos sacan de los laberintos.
Será como yo?, balbuseo… como intentando responderme.
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